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COVID 19 y como se relaciona,
afecta o ha cambiado la vida de las mujeres.

Coronavirus: Mariana Mazzucato, la economista que no quiere que volvamos a la normalidad y cree que se puede hacer un capitalismo diferente

agosto 4, 2020

Mariana Mazzucato es considerada una de las economistas más influyentes de los últimos años y hay algo que quiere ayudar a arreglar… la economía global.

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June Almeida, la investigadora que desveló los coronavirus

mayo 18, 2020

June Almeida dejó la escuela a los 16 años. Hija de un conductor de autobús en la Escocia de postguerra, no tenía dinero para pagarse la Universidad.

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La neoyorquina que moviliza a supervivientes del coronavirus para que donen plasma

mayo 18, 2020

Tras recuperarse de la covid-19, Diana Berrent ha puesto en marcha una organización que conecta y orienta a pacientes curados para colaborar con la ciencia.

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El flagelo de la violencia de género, un problema de siempre, en medio del covid

mayo 15, 2020

Mientras se hacen esfuerzos desde diversos sectores, para salvaguardar a la población general de un virus externo, la violencia de género avanza como un “virus interno”.

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Parir con tapabocas: mujeres embarazadas en medio del coronavirus

mayo 14, 2020

Ya se han rastreado casos de mujeres embarazadas con COVID-19 en el mundo. Pero, hasta el momento, ningún estudio ha comprobado la transmisión de la madre al hijo. Con la cuarentena obligatoria diferentes procesos de gestación como las ecografías o el mismo parto han tenido que reinventarse.

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COVID-19: oportunidad para combatir la ceguera de la política económica ante los problemas de género

abril 29, 2020

Además del mayor riesgo a ser víctimas de violencia doméstica, las mujeres padecen problemas de acceso restringido a métodos anticonceptivos, al cuidado obstétrico y a recursos de primera necesidad, y sufren más los efectos económicos de la emergencia.

La crisis causada por el COVID-19 es una crisis que, como todas, afecta de manera más severa a los grupos sociales más vulnerables y en especial a las mujeres. Solamente durante los primeros diez días de cuarentena, por ejemplo, vimos el aumento dramático de la violencia doméstica contra las mujeres en Bogotá, el país y el mundo.

Sin embargo, la violencia intrafamiliar es sólo una de las formas más inmediatas y visibles en que las mujeres se ven afectadas por esta crisis. La literatura sobre los efectos que tienen las emergencias sobre las mujeres ha demostrado ampliamente que, además de enfrentar mayores riesgos de ser víctimas de violencia doméstica, las mujeres enfrentan problemas de acceso restringido a métodos anticonceptivos, al cuidado obstétrico y a recursos de primera necesidad.

Como si esto fuera poco, y aunque la tasa de contagio del COVID-19 ha resultado ser mayor para los hombres, los efectos económicos de las emergencias también son más severos para las mujeres. Esto sucede porque la estructura del mercado laboral las pone en una situación de vulnerabilidad relativa.

Por un lado, la proporción de mujeres que hacen parte del sector informal es más alta que la de los hombres. Por otro lado, la brecha salarial entre hombres y mujeres—de veinte puntos porcentuales en Colombia—sumada a los estereotipos de género que inclinan la balanza del cuidado y las tareas del hogar de forma inequitativa, refuerzan las decisiones de los hogares en el corto plazo de “sacrificar” los trabajos de las mujeres y “cuidar” los de los hombres para mitigar la reducción de ingresos causada por las crisis.

Pero esta afectación no se da solamente en el corto plazo. Una vez superada la crisis sus efectos económicos seguirán siendo más importantes para las mujeres. En efecto, las crisis epidemiológicas recientes como la del Ébola o el Zika, han demostrado que muchas mujeres nunca recuperan los niveles de ingreso que tenían antes de la crisis. La pérdida de ingresos hace que los hogares no puedan volver a pagar por servicios de cuidado de niños y ancianos hasta mucho tiempo después de superada la emergencia, obligando a las mujeres a quedarse en casa ocupándose de estas tareas de cuidado por tiempos prolongados.

Es importante que las autoridades tengan en cuenta que la emergencia afecta de manera distinta a los hombres, a las mujeres y a otras minorías. Desde hace casi 100 años cada crisis económica ha llevado a los economistas a “redescubrir” las ideas de John Maynard Keynes acerca del papel que el Estado debería jugar para relanzar la actividad económica. Crisis como la que estamos viviendo nos llevan a recomendar incrementos importantes en el gasto público para poder evitar la quiebra de las industrias, garantizar un ingreso a los trabajadores y, en la medida de lo posible, mantener primero y estimular después la inversión y la demanda.

Estas recomendaciones, que son bienvenidas y necesarias en estos momentos, son también insuficientes. Y son insuficientes porque no tienen en cuenta la manera diferencial en que las crisis afectan a las mujeres.

Un paquete de políticas acorde a este momento histórico debería incorporar un enfoque de género que no reproduzca las inequidades económicas y sociales basadas en género y que, en cambio, nos ayude a corregir estas inequidades. Este enfoque de género debería ir acompañado de un análisis interseccional que nos ayude a entender que otras dimensiones económicas, sociales, étnicas y geográficas afectan de manera diferencial a distintas mujeres.

Es por esto que la crisis generada por el COVID-19 debe ser la oportunidad para entender que “salir de la crisis” en el sentido keynesiano ya no es y no puede ser suficiente en un mundo que ha cambiado y que debemos seguir transformando. Hoy no solamente nos debe preocupar aumentar el gasto, estimular la inversión y relanzar la demanda efectiva del país. También nos debe preocupar que los individuos que pertenecen a grupos sociales vulnerables no pierdan lo poco que han ganado a lo largo de varios siglos de luchas por la equidad. Es importante darles un trato diferencial a todas las minorías durante esta crisis y después de ella, y en especial a las mujeres.

Probablemente la “tiranía de lo urgente” hará que dejemos “para más tarde” las decisiones sobre problemas estructurales de desigualdad de género. Pero esta actitud podría significar que perdamos mucho de lo poco que hemos ganado en términos de equidad y que, al final de la crisis, nos encontremos nuevamente en los años 1930 al lado de Keynes, claro, pero también al lado de la desigualdad de género de un mundo que ya deberíamos haber superado.

FUENTE: EL ESPECTADOR

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