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Octubre 1, 2018

Neus Roig: “La Iglesia fue vital en el robo de bebés en España”


La Iglesia católica tuvo un papel “determinante y vital” en el robo de bebés en España entre 1938 y 1996, según la investigadora Neus Roig que, tras estudiar 500 casos, asegura que el tráfico de niños no fue una sucesión de hechos aislados sino “una represión ideológica que terminó en negocio”.

Así lo ha manifestado Roig en una entrevista a Efe, con motivo de la publicación de su libro “No llores que vas a ser feliz” (Ático de los libros), en el que destaca que el tráfico de niños “no hubiera sido posible sin la participación de las órdenes religiosas”.

Explica que el título del libro viene de la carta que las monjas hacían firmar a las madres de estos bebés, ya que le extrañó que llegaran a sus manos “cuatro cartas iguales” en menos de un mes y en que todas “pensaran y escribieran exactamente lo mismo”.

La investigación de esta socióloga está dedicada a las “madres, padres y familias” a las que “un médico o una monja dijo que su bebé había muerto, mientras pasaba a la lactancia artificial en los brazos de la que acababa de parir un fajo de billetes”.

Según las cifras barajadas por el exjuez Baltasar Garzón, entre 1938 y 1952 hubo unos 30.000 bebés sustraídos a sus madres, pero las Asociaciones de Víctimas elevan hasta 300.000 las adopciones irregulares entre el final de la Guerra Civil y la llegada de la democracia.

Roig habla de tres etapas distintas en el tráfico de bebés y sitúa la primera entre 1938 y 1952, cuando se aparta a las madres de sus bebés en las cárceles al amparo de una Ley de 1941 que permite destruir toda la documentación sobre su nacimiento para poder inscribirlos de nuevo.
Este período concluiría en 1952, fecha en la que se abren los Patronatos de la Mujer, con presencia en todas las provincias, adonde “iban las embarazadas solteras para que dieran a los niños en adopción”.
Las madres que no querían separarse de sus bebés podían permanecer en estos centros hasta que estos cumplieran los tres años, según la socióloga.
“Si tenían la suerte de encontrar algún marido que las sacara de allí, se iban con el niño. Si no, las echaban sin él”, relata Roig, quien no duda en afirmar que “ese es el momento en que empiezan los trapicheos y se fuerza a las madres a abandonar a los bebes”.

el título del libro viene de la carta que las monjas hacían firmar a las madres de estos bebés

En este sentido, destaca que hasta 1987 las adopciones eran privadas y no intervenía el Tribunal de Menores, con lo que las decisiones las tomaban las órdenes religiosas, que además estaban al frente de hospitales.
“Tenían un caldo de cultivo perfecto”, asegura la escritora, que incide en que a la Iglesia “todo eso le iba muy bien hasta que entra la píldora anticonceptiva en España a finales de los 60 y bajan mucho los bebés de madres solteras y represaliadas”.

Se inicia entonces una nueva etapa, en la que se “empieza a darlos por muertos ante las familias”, que se prolonga hasta que en 1996 cambia la Ley de Adopción y establece el derecho de los adoptados a conocer a sus padres biológicos
Asegura Roig que el tráfico de niños en esta etapa también fue posible gracias a una normativa de 1958 que negaba el derecho a la familia a ver a “todo bebé que nace a partir de los 180 días de gestación pero muere durante el parto o antes de las 24 horas por ser un feto”.

La autora lamenta el silencio que sigue existiendo sobre estos robos de bebés y las dificultades que tienen los adoptados para conocer su origen y asegura que ni el poder político ni el judicial han avanzado.
Recuerda que la reforma del Código Penal de 1995 tipificó los delitos de fingimiento de parto y de falsedad documental, pero estableció un plazo de prescripción para ellos.
Además, se refiere a “intereses ocultos por estar implicados importantes médicos en este tráfico de menores y de personas a las que no les interesa que el tema se denuncie”.

Y destaca el sufrimiento y dolor que esta trata de bebés ha provocado en las madres y padres a los que arrebataron a sus hijos y a los mismos adoptados.
“Muchos viven con el miedo de desconocer si son robados o no”, además de padecer la inquietud de no saber biológicamente quienes son y carecer de referencias, asegura.


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