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Noviembre 14, 2017

Mujeres en pie de lucha


“Las mujeres lucharon por la Patria y sus propios derechos, desde el campo de batalla, con la palabra escrita o desde el estrado. Y entre esos derechos, el de combatir con todas las armas”.

Doscientos años en la historia de las mujeres es breve tiempo si la comparamos con la historia del hombre, que nos contiene y no siempre nos incluye ni menciona. Han sido años de incesante lucha de las mujeres por la libertad, la de la patria y la propia.

Lucharon por la patria y sus propios derechos, desde el campo de batalla, con la palabra escrita o desde el estrado. Y entre esos derechos, el de combatir con todas las armas. Derecho, el de la pelea, que en muchos casos lo tomaron por asalto. Sin pedir permiso ni concesiones, así como se debe hacer con los derechos: simplemente ejercerlos. Fueron muchas las que hicieron escuela. Nos enseñaron el camino y el valor. Nos lo legaron.

Algunas que podríamos mencionar nacieron al finalizar el siglo XVIII, otras en las primeras décadas del XIX. Y debemos considerar también a las que en esas décadas murieron denigradas y afrentadas o ajusticiadas por rebeldía, como Policarpa Salavarrieta, que nos inspira estas reflexiones en torno a las mujeres del Sur de América.

Existen diferencias entre ellas, no sólo por el país en que se desarrollaron y emprendieron sus cruzadas, a pesar de que la historia de nuestra América nos es bastante afín, empezando por colonizadores y libertadores en común. Mujeres que nacieron y actuaron desde posiciones sociales diferentes. Me gusta pensarlas como las que fueron de armas tomar, entiéndase por armas las de fuego o las letras escritas e impresas o sus voces en el estrado. Recurso este último que se consideraba derecho exclusivo de los hombres.

En cuanto a las de tomar armas de fuego y contemporáneas a la Pola, podríamos mencionar a Juana Azurduy (1780-1860) en el Alto Perú, que por aquellos tiempos comprendía también el norte argentino. Juana nació en Chuquisaca, hoy Bolivia, que desde 1776 pertenecía al virreinato del Río de la Plata. Allí funcionaban la Audiencia, el Arzobispado y la Universidad de San Francisco Xavier, a la que asistió gran parte de nuestros héroes independentistas, y en su entorno encontraron los campos de cultivo y aquellos en los que libraron los primeros conatos independentistas, empezando por la lucha de Micaela Bastidas (1744-1781), otra revolucionaria independentista, codo a codo con su marido, Túpac Amaru (1738-1781), que fuera ajusticiado en plaza pública junto a sus hijos y en presencia de Micaela, ahorcada minutos después.

Retomando a Juana Azurduy, educada en un convento, donde se consagraría como religiosa, pronto se enamoró del general Asensio Padilla, con el que contrajo matrimonio. Después de dar a luz a cuatro de sus cinco hijos, cuando en Chuquisaca cayó el virrey español, en 1809, una vez más cambió su propósito. Decidió tomar las armas y consagrarse definitivamente a la liberación de su patria. Durante esa tenaz lucha por la libertad murieron sus hijos, salvo la niña, cuyo alumbramiento la tomó en plena batalla. En 1812, Juana y Padilla combatieron a la orden del general Manuel Belgrano, jefe del Ejército Auxiliar del Norte, reclutando a 10.000 milicianos con los que formaron parte de la gran patriada conocida como el Éxodo Jujeño. En 1816 combatió al frente de treinta jinetes, muchas mujeres, derrotando al batallón godo, a quienes le quitaron el estandarte y recuperaron fusiles. En otra contienda, Padilla quiso salvarla enfrentando a quienes la perseguían para matarla y lo alcanzó su propia muerte. Belgrano le otorgó su espada y el grado de teniente coronel. Diez años después, cuando el general Simón Bolívar y el mariscal Antonio José de Sucre la conocieron, al ver la miseria en que vivía, el Libertador la ascendió a coronel, le otorgó una pequeña pensión y manifestó: “Este país no debería llamarse Bolivia en mi homenaje, sino Padilla o Azurduy, porque son ellos los que lo hicieron libre”.

Por esos días, Juana supo de otra luchadora y coronela: Manuela Sáenz (1797-1856), que le escribió desde Charcas: “El Libertador Bolívar me ha comentado la honda emoción que vivió al compartir con el General Sucre, Lanza y el Estado Mayor del Ejército Colombiano, la visita que realizaron para reconocerle sus sacrificios por la Libertad y la Independencia. El sentimiento que recogí del Libertador, y el ascenso a Coronel que le ha conferido, el primero que firma en la patria de su nombre, se vieron acompañados de comentarios del valor y la abnegación que identificaron a su persona durante los años más difíciles de la lucha por la independencia. No estuvo ausente la memoria de su esposo, el Coronel Manuel Asensio Padilla y de los recuerdos que la gente tiene del Caudillo y la Amazona”.

Juana Azurduy, la Amazona, murió en la pobreza, lejos de saber que aquella otra mujer de armas tomar que le había escrito, la ecuatoriana Manuela Sáenz, había muerto cuatro años antes igualmente marginada, desterrada por sus contemporáneos y en la pobreza, a pesar de haber sido la compañera y Libertadora del Libertador, condecorada por los generales Bolívar y San Martín, revolucionaria independentista de quien, en 1824, el mariscal Sucre escribiera a Bolívar: “Manuela Sáenz se ha destacado particularmente (…) por su valentía; incorporándose desde el primer momento a la división de Húsares y luego a la de Vencedores, organizando y proporcionando avituallamiento de las tropas, atendiendo a los soldados heridos y batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos”.

Diez años después, en 1833, desde Burdeos, luego de recorrer el Atlántico y el Pacífico, llegaba al Sur de América una joven francesa reclamando su derecho a la identidad y a la herencia paterna. Flora Tristán, nacida en París, hija de Therésè Laisney, de nacionalidad francesa, y el general peruano Mariano Tristán y Moscoso, fallecido a los cuatro años de la niña, lo que sumió a ella y a su madre en la pobreza. Según Germán Arciniegas: “Flora pertenecía a esa raza de gentes americanas que son así: medio locas, libertadoras, geniales”.

Los móviles que llevaron a esta mujer a emprender tremendo viaje fueron la indignación y la desesperanza. No sólo por la pobreza sino por el acoso y maltrato de su marido, la falta de solidaridad de las mujeres de su entorno y de una sociedad que, enarbolando la consigna de “libertad, igualdad y fraternidad”, legado de la Revolución francesa, la marginaba por negarse a la convivencia con un marido golpeador. Flora atravesó dos océanos en medio de un puñado de pasajeros y tripulación compuestos por hombres. Llegó al Callao y luego en carro hasta Arequipa. Esgrimiendo como carta de recomendación los nombres de Simón Bolívar y Simón Rodríguez, amigos de sus padres, se enfrentó a su tío, Pío Tristán y Moscoso. Aunque la recibió, no la reconoció como heredera, a pesar de comprobar que Flora era el vivo retrato de su padre. Después de convivir unos meses con su familia, regresó a Francia cargando su frustración y una ínfima pensión. Ya en París, su marido la cruzó por la calle y le disparó un tiro. Durante el mes que debió permanecer internada, su hija le confesó que su padre intentó violarla. En el hospital empezó a leer a Saint-Simón y a Augusto Comte. Y especialmente la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft. Flora, entonces, tomó la pluma y la palabra, su arma más poderosa, y disparó.

Su libro Peregrinaciones de una paria cuenta su viaje, pero sobre todo las injusticias que sufrían las mujeres en general y las de su familia en Perú. Compartía ideas con los socialistas utópicos, y con su hija Alina de la mano, en 1843, escribió, editó, publicó y distribuyó la Unión Obrera. En las tertulias que ofrecía en su casa conoció a Khmer Rouge, por esos días colaborador de Marx. Con la Unión Obrera en su mano recorrió París y otras ciudades francesas como oradora del Tour de France.

Regresó y se instaló en Burdeos. Murió rodeada de sus seguidores y se convirtió en musa inspiradora de la Comuna de París.
Es poco probable que la noticia de la muerte de Flora o sus escritos llegaran a Buenos Aires, sin embargo, por esos años, la porteña Juana Paula Manso (1819-1875), luego de padecer el exilio por desavenencias políticas sumadas a los maltratos de su marido y la sociedad, escribió acerca de las mujeres y sus derechos. Se dirigió a ellas en su Álbum de señoritas, aconsejándoles dejar de ser esclavas del espejo, ocuparse de su educación y exigir trabajo remunerado. Juana Paula trabajó desde niña, dando clases y haciendo traducciones, creó escuelas para niñas argentinas en el exilio en Montevideo y Río de Janeiro. Viajó por Cuba y Massachusetts acompañando al piano a su marido, concertista de violín. A mediados del 1800 regresó a Buenos Aires, abandonada por su esposo y con dos niñas, siendo marginada por las mujeres de la pacata sociedad porteña. No abandonó su lucha, por escrito ni en conferencias, por lo que se la consideró “una mujer pública”. Sin embargo, alguien reconoció sus méritos: Domingo Faustino Sarmiento. Entre otros trabajos o colaboraciones, que finalmente él se arrogó como propios, redactó los Anales de la educación, fundó la primera escuela mixta y realizó la campaña presidencial al gran maestro. Es justo decir que él la honró diciendo: “Juana Paula Manso ha sido el ‘único hombre’ entre todo Chile y Argentina capaz de comprender mi proyecto de educación”.

Al finalizar el siglo XIX nacían otras mujeres de armas tomar por las mismas causas. Destaco a Betsabé Espinosa (1896-1932). Poco se conoce de su vida, más allá de tener el honor de haber gestado la primera huelga obrera de mujeres en Colombia. En 1920, con alrededor de 400 obreras, paralizó la fábrica de tejidos de Bello, inquietando a la sociedad antioqueña, clerical y conservadora. A pesar de que no estaba bien visto el trabajo de las mujeres, entre los años 1890 y 1930 se las empleaba como maestras, telefonistas, telegrafistas o mecanógrafas, y a las campesinas en las trilladoras de café, fábricas de cigarrillos y textiles. Fue en estas últimas, y ante la imperiosa necesidad de mano de obra barata, donde se las utilizó, ejerciendo en ellas fuertes políticas de vigilancia y control de su “moral”, implementando un sistema de explotación laboral más radical aún que el impuesto a los hombres, pretextando “la inferioridad física y psicológica” de las jóvenes. La Fábrica de Tejidos de Bello fue la primera en tomar el modelo. Por ende, precursora en ganarse la primera huelga, y de mujeres.

Apenas unos años antes, en Buenos Aires, otra obrera textil, Carolina Muzzilli (1889-1917), había dedicado su corta vida a mejorar las condiciones de trabajo de las mujeres obreras. Denunció las condiciones de trabajo de las que ocupaban el diario La Prensa, participó en mítines públicos, arengando a favor de la mujer obrera: “La mujer aristocrática y la mujer proletaria son igualmente víctimas. Llegó la hora de que la mujer argentina reconozca que no es inferior al varón, y que se le deben restaurar sus derechos civiles y naturales”. “Llamo feminismo de diletantes a aquel que sólo se interesa por la preocupación y el brillo de las mujeres intelectuales. […] Es hora de que ese feminismo deportivo deje paso al verdadero, que debe encuadrarse en la lucha de clases. Abomino de la humildad por el simple motivo de mi apoyo a quienes exigen bienes que les corresponden simplemente por vivir en un país donde se recita que ‘todos son iguales ante la ley’”. Carolina militaba mientras trabajaba como costurera, una de las pocas salidas laborales para las jóvenes de clases populares. Con su magro salario pagaba la publicación del periódico Tribuna Femenina, que escribía, editaba y dirigía. Víctima de la tuberculosis, su vida se apagó a los veintiocho años, en 1917.

Han existido, y existen hoy, mujeres igualmente imprescindibles y en pie de lucha. Se necesitarían numerosas páginas para contar su lucha cotidiana por el derecho a la vida y al trabajo digno, marchando en cada calle de nuestra América, viviendo y contando a las futuras generaciones la historia de las “mujeres inconvenientes” y “con criterio propio”, como dijera María Cano.

FUENTE: EL ESPECTADOR


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