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agosto 1, 2019

¡Vieja!


En esta sociedad colombiana de machos y reinas, la mujer debe sentir vergüenza de su vejez.

Sí, estoy envejeciendo, ya sé. Me conmueven aquellas personas que me lo gritan con esa frustración infantil, como si yo, que me despierto conmigo misma y me miro al espejo todos los días, no me diera cuenta.

En esta sociedad colombiana de machos y reinas, la mujer catalogada como bella durante su juventud debe sentir vergüenza de su vejez. Sí, la palabra ‘debe’ es precisa. La mujer bella se queda con la deuda de ser y permanecer joven. Si ella representa ese cliché tan empalagoso que es ‘la belleza de la mujer colombiana’, también necesita prepararse para expiarlo. Perdonar el tiempo en la cara y en el cuerpo de una mujer ni siquiera es un reto para este pueblo desesperanzado, y menos si ese cuerpo y esa cara fueron carne de consumo para sus fantasías de telenovela.

Yo me he descubierto sintiéndome culpable por no ser joven. No quiero tomarme fotos porque me veo vieja y me juzgo por eso (el Photoshop es ese mismo juicio social higienizado en formato digital). A mis 54 años, nunca vi tantos cambios físicos como en estos últimos meses, y me cuesta tanto trabajo aceptarlos como a los que se lamentan porque me ven vieja.

Mi cuerpo ha sido una construcción destinada a ser validada por otros, y no un objeto de apropiación. Hoy, cuando ya no siento esa obligación, no sé muy bien qué hacer con lo que está quedando de él

Definitivamente, no serviría para escribir un libro de autoayuda para proclamar la juventud y belleza interiores. Casi me obligo a pedir perdón por estar envejeciendo.

Mi cuerpo ha sido una construcción destinada a ser validada por otros, y no un objeto de apropiación. Hoy, que ya no obedezco a esa obligación, no sé muy bien qué hacer con lo que está quedando de él, pues lo siento ajeno y lejos de mí. A comer sanamente y a hacer gimnasia tendré que encontrarles un sentido propio porque hace rato que mis comidas y ejercicios dejaron de ser prueba de supervivencia en las redes.

El cuerpo de todos es un proyecto trágico; su plan final es enfermarse y corromperse contra nuestra voluntad. Pero en el cuerpo sangrante de la mujer, esa tragedia es más intensa y comienza más temprano porque, encima, socialmente se castiga en ella uno de los efectos más brutales de la naturaleza (envejecer), esa que tanto sacralizan los ‘defensores de la vida’. A la mujer se la desnaturaliza al mismo tiempo que se le exige vivir de acuerdo con lo natural. Lo natural va cambiando según lo que conviene políticamente, parece.

El cuerpo de la mujer siempre ha sido un campo minado; la ley no sabe por dónde pisar, y yo, que ahora lo estoy andando por caminos desconocidos, tampoco.

FUENTE: EL TIEMPO



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