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Julio 11, 2019

La mujer en el censo


El Censo confirma que las mujeres, mientras más acceso tienen a educación, menos hijos deciden tener

Las cifras del censo, reveladas la semana pasada, muestran que la jefatura femenina en los hogares colombianos aumentó del 29,9 % en el 2005 al 40,7 % en 2018, y que la masculina decreció del 70,1 al 59,3 % en el mismo periodo. Como los encuestadores no les dijeron a quienes respondieron la encuesta qué significa ser jefe de hogar, no es posible saber si estos cambios obedecen a que aumentó el porcentaje de mujeres que aportan la mayor parte del ingreso de la familia o si lo que aumentó fue el porcentaje de mujeres que toman las decisiones en la casa, al margen de si son las que llevan más dinero o no.

En cualquier caso, al relacionar estas cifras con otras que expondré a continuación se evidencia la urgencia de establecer políticas realmente innovadoras y revolucionarias que garanticen a las mujeres equidad en el acceso al empleo, en la remuneración y en la autodeterminación. Me explico, no solo ahora más mujeres son jefas de hogar, sino que el promedio de la población femenina colombiana tiene mayor nivel de escolaridad que la masculina. A pesar de eso, la sociedad se da el ‘lujo’ de prescindir del talento y el conocimiento de las mujeres, pues solo el 37,4 % de ellas están empleadas versus el 66,1 % de los hombres, en gran parte por la falta de políticas de los sectores público y privado que permitan conciliar la vida laboral con la familiar. A esto se suma que, según el mismo Dane, el índice de pobreza monetaria es 20 puntos inferior en los hogares en los que la persona que es jefe de hogar tiene educación de nivel superior, con lo cual es lógico concluir que el desperdicio de ese conocimiento y talento de las mujeres está condenando a Colombia a patinar en las pantanosas periferias de la pobreza, dado que lo que tenemos es más mujeres jefas de hogar, pero peor remuneradas que los hombres, o estudiadas pero desempleadas.

De otra parte, el Censo 2018 confirma claramente que las mujeres, mientras más acceso tienen a educación, menos hijos deciden tener y lo hacen a mayor edad. Las que hacen posgrado tienen, en promedio, 1,3 hijos a una edad media de 31,4 años; las que alcanzan el nivel de educación superior, 1,7 a los 29,6 años; las que llegan a la secundaria, 2,3 a los 26,4 años, y las que solo hacen hasta primaria o no estudian ni un grado, 3,2 a los 25,4 años. Por eso vemos que entre 2005 y 2018, la población de cero a catorce años pasó de ser el 30,7 al 22,6 % del total. Y, aunque con frecuencia oigo que esta tendencia a la disminución en la natalidad es preocupante porque conlleva que haya una menor fuerza productiva y hace más grande el hueco pensional, me parece que es una gran noticia porque implica que cada vez son más los niños y niñas que cuentan con madres que tienen la voluntad y las herramientas para educarlos, sin depender de las capacidades del Estado. Esta generación de mujeres ya está haciendo un autocontrol de su reproducción, y de esa manera les está dando oxígeno a los gobiernos para ponerse al día con su oferta de derechos. Claro, esto es mirando los promedios, pues las cifras desagregadas muestran que aún hay grandes retos, por ejemplo, en reducción del embarazo de adolescentes en muchas zonas del país. Pero en términos generales, el censo, entonces, nos muestra, por donde se lo mire, que en el equilibrio que procura el país, las mujeres aparecemos como el fiel en la balanza. Es necesaria la astucia de quienes ponen los pesos y contrapesos, para que pierdan el temor a dejarnos ubicar en el lugar que corresponde.

FUENTE: EL TIEMPO


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