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Marzo 12, 2019

Las ‘Gaviotas’ de El Paujil: mujeres cafeteras que superaron la violencia


Los constantes hostigamientos de los grupos armados al margen de la ley no lograron silenciar el gran sueño de las mujeres de El Paujil en Caquetá. Hoy 15 campesinas cultivan, cosechan y recogen café amazónico. Con mucho esfuerzo sacan al año 2.400 bolsas de este producto, que venden en los municipios del piedemonte caqueteño.

En 1983, Libia Stella Silva vivía con su esposo y sus dos hijos en una pequeña finca de La Sonora, una de las veredas rurales del municipio de El Paujil. Ya había escuchado rumores de que la guerrilla del M-19 tenía propósitos de tomarse la zona, pero la verdad jamás pensó que lo hicieran. Siguió sembrando café y alimentando a las gallinas y a un par de vacas que tenía, pero bajo una zozobra que le robaba horas de sueño en la madrugada.

Una noche escuchó ráfagas de disparos cercanos. Su pesadilla ya era una realidad. Los guerrilleros estaban en la vereda sacando a las malas a los campesinos. La Sonora quedó silenciada y abandonada, todos sus habitantes caminaron más de media hora hacia el casco urbano del municipio. Unos familiares le dieron posada. La orden era que no podía volver a su finca y que sí lo hacía probablemente no regresaría con vida.

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Libia Stella hizo caso. Luego de cuatro meses como desplazada, la guerrilla dio luz verde para el regreso. No lo pensó dos veces, ya que la finca era lo único con lo que contaba. No tenía la intención de desenterrar sus profundas raíces enclavadas en la tierra de La Sonora, la vereda que la vio nacer. Pero muchos de sus amigos decidieron abandonar la zona, convirtiéndose así en las 8.054 víctimas del conflicto armado que hay registradas en El Paujil.

Foto: Nicolás Fernández/Semana

La angustia no desapareció del todo. Luego de la emboscada del M-19 llegaron las Farc y los paramilitares a la zona, quienes, aunque no los sacaron de sus terruños, sí los hostigaron y amenazaron casi que a diario. Pero Libia Stella tomó el riesgo de seguir con su vida como campesina y cultivadora de café, actividad que le permitió darle estudio a sus dos hijos. Otros vieron una mejor opción en la coca, el cultivo ilícito que se aferró con fuerza en las zonas rurales del Caquetá.

El accionar de los grupos armados no fue tan benevolente con Ofelia Hernández, otra hija de El Paujil. En 1992, mientras trabajaba haciendo política en el municipio, los paramilitares la obligaron a desplazarse hacia Bogotá. “Tenía enemigos por todos lados. Recibí hostigamientos por parte de los ‘paras’ y políticos de otros partidos. Así que empaqué poca ropa en una maleta y me fui a la capital a buscar mejor fortuna. Mi familia se quedó en El Paujil y me decían a cada rato que no me apareciera”.

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No le fue mal. En Bogotá vivió 24 años en La Candelaria, barrio ubicado en el centro histórico de la ciudad. Estudió derecho y tuvo a su único hijo, Santiago, pero no se casó. Es madre soltera. “Aunque en la gran capital cumplí el sueño de convertirme en profesional, siempre quise regresar a mi terruño. En 2016, luego de la firma del acuerdo de paz y de la desmovilización de las Farc, por fin pude regresar. Quería trabajar en algo para mi comunidad”.

Nace café La Sonora

Treinta años después del desplazamiento forzado que vivió por parte del M-19 en su vereda, Libia Stella, hoy con 50 décadas de vida encima, empezó a participar en varios consejos participativos. Entonces una idea apareció de la nada entre su mente: juntarse con sus amigas cafeteras para conformar una asociación que les permitiera dedicarse del todo al cultivo de café.

En marzo de 2013 nació la Asociación de Mujeres Cafeteras de El Paujil (Amucapa), conformada por 15 campesinas víctimas de la violencia de cuatro veredas del municipio. Después de mucho esfuerzo y de tocar varias puertas para recibir ayuda y asesoría, hoy comercializan La Sonora, un café amazónico, tostado y molido por ellas mismas.

“Además de cafeteras, todas fuimos desplazadas por la violencia. Pero somos guerreras y compartimos esas ganas de salir adelante, pero con un producto que brinda una opción distinta a los cultivos ilícitos. No fue fácil al comienzo, ya que cuando las Farc supo de la asociación nos dijeron que teníamos que aportarles algo, una vacuna. Nos pedían 100 pesos por kilo de café que sacáramos. Yo me molesté, y como soy directa y sin pelos en la lengua, les respondí que éramos unas mujeres solas que tratábamos de sobrevivir. Aunque la presión y la zozobra continuaron, nos dejaron trabajar”, dice Libia Stella, presidenta de Amucapa.

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Cada “Gaviota”, apodo que reciben las recolectoras de café, tiene una hectárea cultivada. Es decir que la asociación cuenta con 15 hectáreas de cafetales. A través de un programa del Ministerio de Agricultura lograron montar la planta transformadora, ubicada en la vereda La Sonora. Al año logran sacar 2.400 bolsas de café para la venta, cada una de 125 gramos y a un precio de 12.000 pesos.

Con recursos dados por GIZ (Corporación Alemana para la Cooperación Internacional), montaron un local en el casco urbano de El Paujil, justo en el centro, donde vender las bolsas de café, un empaque dorado con la imagen de un grano de café y de un paujil, un ave negra de pico azul, que a su vez sirve como emblema del municipio.

“Decidimos organizarnos para aportar a la construcción de paz y cumplir nuestros propios sueños. Esto demuestra que, a pesar de los obstáculos y piedras por parte de la violencia, sí es posible concretar ejercicios participativos por medio de las familias y las asociaciones. Solo necesitamos tiempo, constancia, voluntad y apoyo del gobierno”, dice Libia Stella.

Foto: Nicolás Fernández/Semana

Según Ofelia, quien acaba de cumplir 50 años y que decidió unirse a la asociación en 2016, luego de su retorno a El Paujil, el café La Sonora es cien por ciento orgánico y hecho con las uñas por mujeres trabajadoras. “Es un café diferente al tradicional. Por ser amazónico tiene un cuerpo, como dicen los cafeteros antiguos, distinto al del Quindío, ya que es cultivado en una tierra virgen libre de contaminación y fertilizantes y con mucha ceniza volcánica. El aroma y la contextura no se asemejan al de la marca Sello Rojo”.

Esta mujer, que además asesora a las “Gaviotas” en temas jurídicos y que vive con su mamá y hermana en la ruralidad de El Paujil, asegura que el trabajo comunitario es un aporte para mitigar la deforestación. “A pesar de ser mujeres desplazadas y madres cabeza de familia, a muchas les mataron a los primeros esposos, logramos retornar a la tierra creyendo que sí es posible sacar adelante iniciativas en la región. Sumado a esto, generamos nuevas alternativas para dejar a un lado la ganadería extensiva y la coca, dos motores de la deforestación. Caquetá no debería ser ganadero, sino potenciar otros renglones de la economía por medio de las familias”.

Nuevos retos

Aunque sin la ayuda de GIZ y el Ministerio de Agricultura el sueño no habría sido posible, las mujeres son el alma del proyecto. “Nosotras somos las que lo cultivamos, recolectamos, cosechamos y transformamos. Ahora estamos enfocadas en poder comercializarlo a nivel nacional, ya que por ahora solo lo vendemos en varios municipios del piedemonte caqueteño”, apunta Ofelia, la más extrovertida y charlatana del grupo.

Libia Stella, mucho más tímida y conservadora, afirma que falta mucho apoyo para lograr esa comercialización, y no solo a nivel nacional, sino en el mismo departamento. “Nuestro objetivo es generar recursos económicos para las familias cafeteras y apoyar al caficultor que ha sido marginado y abandonado, pero que tiene esperanzas de surgir y aportar un granito de arena al desarrollo territorial de la región. Pero acá mandan la parada los productos de otras partes del país, con marcas ya posicionadas”.

Foto: Nicolás Fernández/Semana

Ambas coinciden que una de las grandes fallas es la falta de identidad que hay en el departamento. “No apoyamos lo nuestro. Por ejemplo, en Florencia prefieren vender y promocionar el café del Quindío o del Huila en lugar de los productos locales. Eso no solo pasa con el café, también con el cacao y la panela orgánica que sacan los mismos campesinos”.

Ni siquiera las entidades regionales les han dado la mano. “Nos gustaría que en todas las reuniones, capacitaciones y talleres que hacen las alcaldías, gobernaciones y juntas de acción comunal, que acá abundan como arroz, ofrecieran nuestro café orgánico. Pero es difícil, prefieren seguir con el Sello Rojo, una marca que debería salir del departamento”, dice con indignación Ofelia.

Complementa que la Cámara de Comercio de Florencia debería posicionar las marcas locales y orgánicas en todos los negocios, sin importar cuál sea el objeto de la venta. “Acá viene mucha gente de afuera a lucrarse económicamente, que sí recibe apoyo y el visto bueno por parte del Estado. Queremos decir a grito herido que nos den una mano, ya logramos salir de las secuelas de la violencia y trabajamos por algo propio. Pero ahora parecemos huérfanas, lo mínimo que deberían hacer es servir nuestro café en todas sus reuniones o darnos un stand para promocionarlo en los eventos del gobierno local”.

Las 15 mujeres cafeteras de La Sonora tienen entre pecho y espalda una idea para incentivar su negocio. Quieren aprovechar el crecimiento turístico que ha despertado en la región luego de la firma de los acuerdos de paz, pero para eso necesitan de manos amigas. “Sería chévere que a los extranjeros y a las personas de otras zonas del país que visitan nuestro departamento, les mostraran todos los productos orgánicos que salen del Caquetá”.

Cuando vivía en Bogotá, Ofelia corroboró que los extranjeros sí valoran los productos hechos por los campesinos. “Libia Stella me mandó varias bolsas de café La Sonora para ver qué decía la gente de la ciudad. Las mostré en varios hostales de La Candelaria y los compraron de inmediato. Mi hijo, que acaba de terminar su carrera en Bogotá, sigue comercializando el café en esos sitios. Es ilógico que la gente de afuera valore más estas iniciativas que los mismos caqueteños”.

Mientras logran convencer a las entidades regionales de que La Sonora sea el café más tomado en el departamento, Libia Stella y Ofelia no desfallecen. Todo lo contrario, sienten unas ganas desmesuradas de seguir trabajando por la mujer campesina. “Estamos curtidas. Logramos superar la violencia y los atentados por parte de esos grupos, así que nada nos quedará grande.Tocaremos todas las puertas que sean necesarias para continuar con nuestro sueño. Queremos crecer como asociación y darles trabajo a esas mujeres campesinas que no tienen muchas opciones, como lo fuimos nosotras cuando empezamos”.

*Este es un producto periodístico de la Gran Alianza contra la Deforestación. Una iniciativa de Semana, el MADS y el Gobierno de Noruega que promueve el interés y seguimiento de la opinión pública nacional y local sobre la problemática de la deforestación y las acciones para controlarla y disminuirla.

FUENTE: SEMANA


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