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Marzo 4, 2019

La puta y la dama


No nos damos cuenta de lo ahorcada que está la voz de la mujer en las trampas del lenguaje.

¿Qué es tener “pinta de puta”? Me pregunté cuando oí las declaraciones del periodista Greiffenstein. Mientras trataba de contestar eso había mucho movimiento alrededor de la vestimenta de la Primera Dama en su visita a Estados Unidos, aspecto que me tuvo sin cuidado. Me interesó más la expresión casi cómica, ‘primera dama’, tan opuesta al concepto de puta. ¿Cuál es la distancia moral entre una y otra? Eso me dio pie para proponer un juego en un trino que decía: “Esta noche tengo un coctel; qué me aconsejan: ¿me voy con pinta de puta o de primera dama?”.

¿Qué traje debe cubrir o descubrirlas a ambas? Fue la idea detrás. Muchas personas se enfurecieron; opinaron que “caí muy bajo” faltándole al respeto a la esposa del presidente. Lejos de haber sido esa mi intención, quise levantarle la falda, faltarles al respeto, ahí sí, a palabras y sintagmas que están sellados por el uso común y cuyo sentido responde a unos motivos que vale la pena revisar.

A veces, no nos damos cuenta de lo vigilada y ahorcada que está la voz de la mujer en trampas del lenguaje que erigen una cárcel de valores aplicados solo a ella. Lo ofensivo parece ser atreverse a forzar el candado de esa cárcel y evidenciar cuánta arbitrariedad alimenta los significados con carga moral. El vicio de la puta está en la libre experiencia de su sexualidad, en nada más. ¿Por qué no indignarse ante el símbolo de la Virgen Santísima? ¿No es insultante para nosotras que nos pongan como ejemplo a una contramujer en superlativo cuya sexualidad negada es la garantía de pureza para parir a Dios? ¿Por qué el acento de la virtud está puesto en el sexo de la mujer? ¿Será acaso su arma política más temible?

Hubo que asociarlo a la bajeza y al asco para hacer de la sexualidad femenina una historia épica de hombres temerosos de perder poder (Dios es hombre, ¿quién lo duda?) y no de mujeres con plena libertad sobre sus cuerpos. Lo de Primera Dama, con todo su recato y sus ridículas mayúsculas, va por los mismos lados de la Virgen. ¡Cuánto nos hubiéramos divertido si una Puta hubiera concebido al Redentor!

Quizás no sea cuestión de usar otras palabras, no sé si intervenir el lenguaje desde la forma sea necesariamente el camino, pero sí cuestionar el contenido de sus leyes para que los cambios de fondo sucedan algún día, y así, ‘puta’, por ejemplo, deje de sonar feo, para fortuna de las damas.

FUENTE: EL TIEMPO

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