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Diciembre 28, 2018

Mileyni Ramírez recibe premio por defensa de víctimas de minas antipersona


Esta joven nacida en La Gabarra, Norte de Santander, perdió parte de su pierna derecha a los 14 años. Las embajadas de Canadá y de Bélgica y la Campaña Colombiana contra las Minas premiaron su trabajo por otras víctimas de su departamento con Asovivir.

Mileyni Ramírez perdió su pierna el 9 de mayo de 2005, a los 14 años. / Luz Karime Palacios

“Soy la única mujer, y la más chica, representando a un batallón de hombres. Me siento feliz. Gracias a ustedes y a los muchachos de Asovivir”, fueron las palabras de Mileyni Ramírez al recibir el Premio Camina que le fue otorgado a la Asociación de Sobrevivientes de Víctimas, que ella representa desde el 2009. Un reconocimiento concedido a organizaciones locales que trabajan por defender y empoderar a las víctimas de minas antipersonal en Colombia.

La alegría que reflejó esta nortesantandereana de 28 años en la ceremonia de premiación quizá contrasta con el dolor y la desesperanza por los que tuvo que pasar siendo una niña, cuando perdió su pierna, pero manifiesta la dicha de una joven luchadora y fuerte, a quien las adversidades la convirtieron en la mujer de hoy, que con paso firme lidera una asociación, estudia para ser profesional y cumple su rol de madre.

Por muchas cosas ha pasado Mileyni para llegar hasta allí. A los nueve años comenzó a padecer los efectos de la violencia en Colombia. Fue víctima del desplazamiento forzado en 1999, cuando se vio obligada a salir, junto con su familia, de La Gabarra, corregimiento de Tibú, en Norte de Santander.

La Gabarra, en el nororiente del departamento, es la zona con el mayor número de hectáreas sembradas con coca en la región y tristemente recordada por la masacre cometida por 150 paramilitares del bloque Catatumbo de las Auc que asesinaron a 35 personas el 21 de agosto de 1999. Con esa incursión, las autodefensas se abrieron paso para ejercer control territorial durante más de seis años en la zona. Según las versiones libres ante la justicia de Jorge Iván Laverde Zapata, alias el “Iguano”, Carlos Castaño y Salvatore Mancuso, entre los objetivos principales estaba la conquista de Tibú y La Gabarra.

Para la familia, esa masacre significó enfrentarse a un primer desplazamiento. Llegaron a vivir a la Mesa de los Santos y luego partieron hasta Lebrija. En ninguno de los dos municipios de Santander lograron la estabilidad que doña Eva Guevara, la mamá, buscaba. Armar una nueva vida lejos de su verdadero hogar resultaba muy traumático.

A su corta edad, Mileyni ya se sentía afectada por tantos cambios que estaba viviendo con sus parientes. Pasaron de ser dueños de casi una manzana completa en La Gabarra, de contar con el sustento económico que daban un supermercado y la venta de gasolina, a vivir en medio de necesidades inaplazables.

Hoy, ella cree que su mamá tomó la mejor decisión entonces. “Lo dejó todo, solo nos llevamos la ropa en una caja. Todo lo conseguido en años de trabajo quedó a la intemperie, al cuidado y vigilancia de los vecinos, pero ella lo hizo pensando en nosotros”, recuerda.

De acuerdo con informes del Centro Nacional de Memoria Histórica y reportajes periodísticos, el horror paramilitar que se vivió en Norte de Santander entre 1999 y 2006 estuvo marcado por asesinatos, masacres, desapariciones, desplazamientos, violaciones y torturas, con el pretexto de erradicar a las guerrillas de las Farc y el Eln. Casi 100.000 desplazados, 832 asesinatos selectivos y 599 muertos en masacres, según el informe “Catatumbo: Memorias de vida y dignidad”, del CNMH.

En el 2004, cuando se decía que iba mejorando el orden público en su región, Mileyni regresó al pueblo con su familia, a levantar el negocio familiar, que prácticamente se había acabado. Y en medio de ese esfuerzo ocurrió la tragedia que marcaría un antes y un después en su vida.

Fue un lunes festivo, sobre el mediodía. Mileyni emprendió camino desde el kilómetro 60 para llegar al casco urbano de La Gabarra. Una distancia que recorría todos los días para ir a estudiar o para visitar a su papá. No había prevención o alguna alerta, a pesar de que 15 días antes un militar había activado una mina antipersonal en cercanías a la escuela y perdido su pierna izquierda.

Las ganas de orinar la alejaron de la carretera y la llevaron a buscar refugio entre la vegetación. En un momento perdió el equilibrio y su pie derecho buscó apoyo justo en un hueco cubierto por hojas frescas. Al pisarlo, sonó un estallido que la dejó aturdida. Recuerda que, a pesar del ruido, quedó consciente y pudo observar que le faltaba la mitad del pie derecho. “Yo no sentía dolor, pero sí botaba mucha sangre”. Se levantó como pudo y salió a la carretera a pedir ayuda.

La falta de medicamentos en el centro de salud de la zona la llevó hasta el hospital Erasmo Meoz, en Cúcuta, pero pasaron varias horas antes de entrar al quirófano. Fue atendida casi a la medianoche. Al otro día, a la una de la tarde, se despertó. “Estaba sola, desnuda, cubierta solo con una sábana y con un intenso dolor. Escuché a las enfermeras murmurar: ‘Pobrecita, sin su pierna’, y de inmediato me percaté de que me habían cortado casi la mitad de la pierna derecha. Me puse a llorar”, recuerda.

La atención tardía complicó la situación y los médicos decidieron cortar por debajo de la rodilla para prevenir la pérdida total de la extremidad.

El 9 de mayo del 2005, con tan solo 14 años, Mileyni se convirtió en la primera víctima civil sobreviviente de minas antipersonal en la región del Catatumbo. La Dirección para la Acción Integral contra Minas Antipersonal, Descontamina Colombia, a corte de agosto de 2018, reportó el registro de 11.617 víctimas por esta causa, siendo 2006 el año más crítico con 1.229 -el mayor número en toda la historia de Colombia-. En Norte de Santander se tiene el registro de 840 víctimas totales, de la cuales 31 han sido mujeres.

En algún momento, por comentarios inapropiados de vecinos y hasta de sus familiares, llegó a sentirse una mujer incompleta, pero hoy se mira al espejo y sonríe. Para ella, “cada persona da de lo que tiene, y puede tener su cuerpo completo, pero si no es solidario y sensible al otro, no está haciendo nada”.

Este hecho significó muchos cambios en la vida de Mileyni. Pasó de vivir en un corregimiento de Tibú a una ciudad capital como Cúcuta y tuvo que adaptarse a una prótesis, aunque dice que con pocos traumatismos, porque un mes después del accidente la dominaba con facilidad.

El ánimo de superar este reto la motivó a ir siempre más allá y unirse a más personas en su condición para apoyarlas. El 27 de septiembre de 2009 creó Sobrevivir, la primera asociación de víctimas civiles de mina antipersonal y artefactos explosivos de Norte de Santander, que en el 2012 cambió su nombre a Asovivir.

Mileyni ingresó al Registro Único de Víctimas (RUV) y, siguiendo la ruta de reparación dispuesta por la ley, se benefició del programa de rehabilitación física y emocional, retomó sus estudios escolares y se graduó como bachiller. Siendo becaria del programa Permanencia y Graduación de la Unidad para las Víctimas, adelantó sus estudios universitarios en el área de las humanidades, y y en menos de seis meses, se graduará como Trabajadora Social.

Vivir sin su pierna derecha le ha permitido descubrir a una mujer más fuerte. “Después de esto, ¿qué puede ser peor?”, reflexiona. Cada mañana se despierta más motivada: por su familia, por su pequeña hija, Eva Sofía, por los muchachos de Asovivir, por quienes recibió el Premio Camina 2018 de las embajadas de Canadá y del Reino de Bélgica con la Campaña Colombiana contra Minas y el apoyo de Reconciliación Colombia.

* Investigación realizada por Deisy Lorena Vargas Correa y José Luis Daza para el proyecto Periodismo Constructivo y Sensible al Conflicto en el Posacuerdo, gestionado por Consejo de Redacción, International Media Support y Constructive Institute (Dinamarca).

FUENTE: EL ESPECTADOR


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