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Octubre 11, 2017

La paz híbrida de Mary Kaldor


La profesora del London School of Economics, experta en estudios sobre guerra, paz y seguridad, hablará en la Universidad del Rosario sobre experiencias internacionales que pueden servir para la implementación de la paz en Colombia.

La quinta versión del Congreso de la Red Colombiana de Relaciones Internacionales, que comienza hoy en la Universidad del Rosario, contará con la participación de Mary Kaldor, experta en temas de paz y autora del libro “Las nuevas guerras”; Ole Wæver, profesor de Relaciones Internacionales y fundador del Centro de Teoría Avanzada sobre Seguridad (CAST), y el viernes será el turno para Venezuela, con el profesor Carlos Romero. Mary Kaldor explica qué experiencias internacionales le podrían servir al posconflicto colombiano.

¿Cómo su experiencia como activista de los derechos humanos fue clave en sus estudios de guerra, paz y seguridad?

Durante la guerra de Los Balcanes en 1990 fui presidenta de la Asamblea de los Ciudadanos de Helsinki (HCA), una organización de activistas de paz procedentes de Europa occidental y de derechos humanos de Europa oriental. Todos ellos trabajaban juntos para enfrentarse a la Guerra Fría. La HCA contaba con grupos locales por toda la ex-Yugoslavia. Mi tarea era presentar sus peticiones a organizaciones internacionales como las Naciones Unidas o la Unión Europea. La idea era recoger ideas y presentarlas en Naciones Unidas o la Unión Europea. Tuvimos grupos en Transcaucásica, incluso en Nagorno-Karabaj y Osetia del Sur y entonces me dí cuenta de que estas guerras eran muy diferentes a las guerras europeas del Siglo XX, que era las que yo tenía en mente. Ahí entendí que las soluciones propuestas se basaban en suposiciones anacrónicas.

¿Qué diferencias encuentra entre las guerras de ahora y las del pasado?

La diferencia entre las guerras nuevas y las viejas no es necesariamente una diferencia empírica, sino conceptual. . Esto tiene que ver con la lógica misma de la guerra. Las guerras del pasado eran combates fuertemente arraigados en la política que tendían al extremo, ya que cada lado intentaba imponer su vocación encima del otro, como señala Clausewitz. Las nuevas guerras se entienden como una especie de condición social en la que las diversas partes beligerantes obtienen más combatiendo, que ganando. Esto podría tener un eje político —la violencia es una forma de propaganda ideológica que se basa en el miedo y en lo económico—. La violencia es una fuente de ingresos procedentes del secuestro, contrabando y otras prácticas. Esas guerras son muy difíciles de terminar y persisten en el tiempo.

¿Cree que el conflicto armado en Colombia refleja estas características?

No soy una experta en el conflicto armado de este país. Vine a Colombia para intentar entender más. Creo que el conflicto armado colombiano comenzó como un enfrentamiento típico entre la política de izquierda y de derecha, como muchos otros conflictos de guerrillas durante la Guerra Fría. Sin embargo, después de 1989, la guerra colombiana adquirió algunos aspectos de las guerras nuevas. Las fuentes de ingresos obtenidos de las drogas ilícitas y del petróleo fueron muy importantes, y la violencia contra la sociedad civil aumentó, sobre todo por parte de los paramilitares. Algo parecido ocurrió con la lucha de los kurdos en Turquía.

En su libro “Las nuevas guerras” usted plantea que los actores violentos no estatales deberían ser tratados como criminales y no como enemigos políticos. ¿Eso no impide la reconciliación y la consolidación de la paz?

Las partes beligerantes en las nuevas guerras son una mezcla de política y actividad criminal. Ambos cometen crímenes de guerra y crímenes económicos. Se requieren varias cosas para terminarlas, incluyendo un nuevo enfoque político, un énfasis en el Estado de derecho y el fin de la impunidad. En las guerras, todos las partes legitiman las muertes por las que son responsables. Hago hincapié en el aspecto criminal de las nuevas guerras porque creo que el planteamiento clásico militar no funciona. Matar a los enemigos suele agravar el conflicto, no terminarlo. Deberían ser arrestados y enjuiciados; además, la protección de la población civil debe ser el objetivo central. Asimismo, las aproximaciones diplomáticas convencionales tampoco funcionan, ya que muchas veces terminan por legitimar las partes beligerantes y agudizan las condiciones sociales de las guerras nuevas. Las partes implicadas tienen que terminar el conflicto, pero no pueden hacer la paz, ya que esto congela o perpetúa la base social de las guerras nuevas. El proceso de paz colombiano es muy innovador, creo yo, por tres razones. Primero, por la distinción entre terminación del conflicto y transformación del conflicto; segundo, por la inclusión de las víctimas; y tercero, por el énfasis en la justicia transicional.

En sus trabajos más recientes, usted dice que a los conflictos contemporáneos se tiene que aplicar la idea de una paz híbrida. ¿En qué consiste eso?

La paz híbrida ocurre cuando se aplica la diplomacia típica de arriba-abajo a las nuevas guerras. Se llega a un acuerdo de paz entre las partes beligerantes, que enquista las posiciones políticas de ambas. En las nuevas guerras, los combates son poco frecuentes y la población civil sufre la mayor parte de la violencia. Estos acuerdos frenan la violencia en ambos lados y debilitan la legitimación de la violencia contra la sociedad civil, pero como las partes están tan enquistadas en sus posiciones, la depredación económica y la vulneración de los derechos humanos persisten. Bosnia es el típico ejemplo de la paz híbrida. Para poder sostener el acuerdo de Dayton, se invirtió mucho más dinero y muchas más tropas en Bosnia que en cualquier otro lado. Sin embargo, la sociedad bosnia sigue siendo disfuncional.

¿Por qué considera que la seguridad humana es tan importante en los escenarios de posconflicto?

La seguridad humana es lo que disfrutamos en las sociedades basadas en los derechos y regidas por la ley. Una estrategia de seguridad humana significa extender esta condición. Pero se necesita una implementación práctica. Primero, en términos políticos, hacer hincapié en la igualdad humana. Segundo, en términos de seguridad, buscando reducir la violencia y proteger a las personas. Tercero, en términos socioeconómicos, construyendo formas de sustento legítimas como alternativa a la participación en la violencia o la economía criminal.

FUENTE: EL ESPECTADOR


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